Con la bomba en la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas se ha puesto el fin a un pretendido «alto en fuego» de ETA, que no ha sido tal, puesto que han sido constantes los actos de terrorismo urbano, extorsiones, amenazas, robos de armas,…
Quien sí ha declarado una tregua ha sido el Estado español, que ha renunciado al principio moral y de sentido común de que con una banda terrorista no se puede negociar, que no ha detenido a un solo etarra en todo este proceso, que se ha negado a reconocer el rearme de ETA a pesar de las evidencias y advertencias de la policía y las autoridades francesas, que ha permitido impunemente homenajes a terroristas, que nos ha sometido a espectáculos bochornosos de reducciones de penas a sanguinarios terroristas, o declaraciones de que Otegui es un abanderado de la paz. Se ha insultado y criminalizado repetidamente a las víctimas del terrorismo, tratando de crear enfrentamientos entre ellas, acusándolas de poner obstáculos al fin del terrorismo, practicando detenciones ilegales, insultando a un minusválido por osar acudir a una manifestación.
A esto nos conduce el relativismo en que se ha instalado nuestra sociedad, con la renuncia a principios morales objetivos. Ya lo advertían los obispos españoles en su instrucción pastoral Orientaciones morales ante la situación actual en España: “Los criterios operantes en las decisiones políticas no pueden ser arbitrarios ni oportunistas, sino que tienen que ser criterios objetivos, fundados en la recta razón y en el patrimonio espiritual de cada pueblo o nación, con carácter vinculante reconocido y respetado por la comunidad, a los que ciudadanos y gobernantes deben someterse en sus actuaciones públicas. Lo contrario sería vivir a merced de la opinión de los gobernantes, con el riesgo evidente de caer en el cesarismo y en el desarraigo”. Y eso es la antesala del totalitarismo.
Se ha profundizado en una perversión del lenguaje que ya se había iniciado antes: los asesinos son violentos; los terroristas, la izquierda abertzale; las ensoñaciones de fanáticos criminales, se denominan “el conflicto vasco”.
Pero ahora se ha llegado al colmo de la iniquidad, ya que las matanzas criminales de ETA se han convertido, para el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en «trágicos accidentes mortales».
Todo este llamado «proceso de paz» –en realidad de rendición y desarme del Estado– ha ido acompañado por una serie de corifeos que tildaban de no desear el final del terrorismo a quienes advertíamos de que éste no era el camino y de las consabidas encuestas que señalaban que una gran parte de la población estaba encantada con la renuncia a los principios, la rendición del Estado y ceder cualquier cosa con tal de alcanzar la «paz». Se ha consumado una letal combinación entre un gobierno irresponsable e inmoral y una sociedad cobarde.
Sin embargo, no toda la sociedad ha estado en esta dinámica, y han sido constantes y masivas las manifestaciones contra este proceso, a pesar de las detenciones, los insultos y las amenazas. Esta sociedad civil, silenciosa, que no se rinde, ha hecho que permanezcan vivos los rescoldos de dignidad de un Estado que los mismos gobernantes pretenden dilapidar. Sin ir más lejos, los días 11 de cada mes, a las 8 de la tarde, en la Plaza Mayor de Burgos y en numerosos lugares de toda España, se convocan concentraciones con el lema “11-M: Queremos saber. En memoria de las víctimas del terrorismo: dignidad y justicia”.
Sin duda, es más cómodo mirar para otro lado o quedarse sentado en el sillón de casa o no meterse en política. Pero estaríamos renunciando a nuestra condición de personas libres.
Por supuesto, ETA es la única culpable del atentado de Madrid, pero el Gobierno español y sus adláteres son responsables de haber dado carta de naturaleza y haber convertido en interlocutor a una banda de asesinos ante los que no cabe otra política que la firme y contundente acción policial y judicial para acabar con una lacra que lleva 40 años campando a sus anchas en España, porque les sigue resultando rentable la práctica del terrorismo.
El señor Rodríguez Zapatero, en una mezcla de nihilista, demagogo, inmoral e irresponsable, sigue haciendo discursitos sobre la paz y guiños a los terroristas para intentar salvar ese “proceso de paz” al que ha entregado toda su acción de gobierno. Este sujeto, que llegó al poder tras un atentado con 192 muertos, un bochornoso espectáculo de manipulación y pancartas reclamando saber la verdad, nos sigue ocultando la verdad de los atentados del 11-M, en un proceso plagado de irregularidades y pruebas falsas. En cualquier país decente, Zapatero no sería ya presidente del Gobierno, pero España sigue siendo diferente.
Ojalá éste sea el año de la rebelión cívica, el año en que suene la hora de los ciudadanos, que seamos valientes para dejar claro a nuestros gobernantes que el fin no justifica los medios, que no nos conformamos con cualquier paz o una paz “como sea”. Que seamos conscientes de que la libertad no se nos regala y que tenemos que pelear por ella, y de que el ejercicio democrático no se reduce a depositar una papeleta en la urna cada cuatro años.
Mi deseo para este año 2007, puede resumirse en la frase del salmo 33. “Busca la paz y corre tras ella”. Y para ello, no olvidar lo que Jesús nos dijo en el Evangelio: “La verdad os hará libres”.
jueves, 22 de febrero de 2007
La hora de los ciudadanos
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